Un
dios azteca por el pasillo de mi casa: Navidad, Navidad, dulce
Navidad
Si hay que hablar de la Navidad, se
habla; pero es difícil no caer en sensiblerías, añoranzas o en
juramentos contra el mundo capitalista y soez que se ha apoderado de
unas fechas que nos llevan a la mejor parte de nuestra niñez. Luego
está la filtración de las costumbres anglosajonas que poco a poco
se han adueñado de todo diciembre, y desde la televisión nos
bombardean con películas ñoñas llenas de Papá Nöel o de la Santa
esa (¿por qué llaman Santa a un señor con barbas?). En fin,
tampoco se trata de convertir esto en una reivindicación de Los
Reyes Magos; allá cada uno con su vida y sus niños.
Nada de nostalgias plañideras, de
acuerdo... entonces ¿de qué os hablo?
Pues señor, erase qué se era un país en
el que aún no se había inventado al calvo de la lotería, una
chiquita que estrenaba novio y una familia que celebraba la Navidad a
la antigua usanza, con su belén y sus comilonas hasta reventar. Sin
complejos, ni se acordaban de los pobres que no tenían que comer. Ya
estaban ellos para comer a destajo, como si no hubiera un mañana.
La familia había empezado a celebrar la
Navidad en su hogar, ya no se juntaban con el resto de tíos de la
chiquita desde que el abuelo paterno se marchó de este mundo. Hacía
años que el abuelete se llevó las noches revueltas de treinta
primos en la casona grande del pueblo, con su sopa de menudillos, el
pavo y el mazapán de Toledo con forma de vistosas serpientes. Lejos
quedaban las Nochebuenas multitudinarias, el frío en la nariz, el
viejo y sufrido perro que soportaba que los pequeños de la nietada
lo cabalgaran y la abuela rezongadora porque el abuelo comía
demasiado.
Esas navidades quedaban atrás, La
jovencita estrenaba novio, bailes en el casino del pueblo, cotilleos
de comadres y besos a escondidas. Hacía manitas en la sesión
continua del cine y llevaba al novio a casa para cumplir con lo que
se esperaba de un noviazgo decente.
“Feliz Navidad” decía el novio a la
familia que le recibía con sonrisa condescendiente.
“Tómate una copa conmigo”. El futuro
suegro, muy en su papel, le hablaba del tiempo y le preguntaba por
sus estudios.
Y las mujeres dejaban a los dos
hombres hablando de sus cosas. Ellas se iban a rematar la cena y a
poner la mesa.
La madre terminaba de poner los langostinos en
la fuente de los langostinos de la vajilla buena.
La hermana de la madre, soltera ella y
dedicada en cuerpo y alma a amargar la vida de los que la rodeaban
-eso si, con mucho cariño- colocaba el fiambre en la fuente de los
fiambres como si de una obra de arte se tratara
La hermana mayor de la novia se
dedicaba a partir trozos de turrón en la fuente... no, esta era de
plata y tenía varios usos, mientras consideraba la mejor forma de
enamoriscar a un chico muy macizo que le habían presentado esa misma
tarde.
A la novia de dieciocho años, pelo largo,
negro y sueños de amor eterno, las otras tres mujeres la mandaron a
despedir al novio, que ya era hora y su madre le estaría esperando.
Y en el horno, la pierna de cordero
asándose lentamente.
La muchacha y el muchacho se despidieron
en el portal de la casa como establecía la ley no escrita de los
noviazgos de antes. Besitos, “te quiero”... “yo más” no “yo
más y la bola de santo Tomás que no se puede decir más” y así
un buen rato. Oye, y ni se morían de vergüenza ni nada.
¡Qué narices, es hora de asumir las
tonterías que una ha hecho! Si el lector no se ha percatado aún,
tengo que confesar que la chiquita, la novia de la que está hablando
el narrador, era yo. Así que continúo esta historia en primera
persona.
Bueno, dije adiós a mi novio eterno,
subí las escaleras embadurnada en miel y me encontré con que mi
familia no me esperaba en el comedor. Mi padre, víctima de un cólico
de vesícula, se había ido a vomitar al cuarto de baño y perdió
el conocimiento. Mi madre lloraba, mucho, agarrada al quicio de la
puerta. Mi tía murmuraba que ella ya lo veía venir, que mi padre no
comía nada sano y se olvidaba del régimen. Mi hermana lloraba
agarrada a mi madre y mi padre seguía tirado en el suelo, todo lo
largo que era, alrededor del wáter.
Yo sería todo lo cursi que usted quiera, querido
lector, pero fui la única que arrastró a mi padre hasta la cama,
entre los quejidos lastimeros de las tres plañideras. Mi padre
recobró el conocimiento en la cama con ganas de vomitar de nuevo.
A mi madre le volvió la serenidad justo para
mandarme a por una palangana.
Me fui corriendo a por ella a eso que llamábamos
aseo de servicio. Abrí la puerta, a oscuras y, de pronto un animal
enorme se abalanzó sobre mí sin previo aviso. Lo que son los
nervios, sin un mal ¡Ay!; agarré la palangana y corrí a socorrer a
mi padre. El pavo (sí, era un enorme pavo) me siguió por el pasillo
picoteando donde a las señoritas se les termina la espalda.
Mi hermana, mientras, había llamado al médico que
acudió casi de inmediato. Se aseguró de que mi padre ya estaba bien
y marchó a cenar a su casa. Prometió volver más adelante para ver
qué tal se encontraba. El pavo y yo le despedimos en la puerta;
ambos estábamos bien educados.
Más o menos recobrada la normalidad, decidimos
cenar. Mi padre estaba bien y no era cuestión de dejar que se
estropease la comida. Mi madre me pidió que guardara el pavo de
nuevo. Al parecer se lo habían regalado esa misma tarde y se le
olvidó comentármelo cuando llegué. Yo miré al pavo, él me miró
a mí y ambos decidimos que era mejor mantener las distancias. Nadie
se atrevió a encerrarlo de nuevo. Tenía mal carácter.
Los langostinos, el fiambre y el consomé: muy rico
todo. Mi tía decidió ir a por el segundo plato.
De la cocina nos llego un fuerte estruendo, una
clamorosa explosión. El pavo aleteo y se subió a mis rodillas,
supongo que asustado, y el resto de nosotros ni pestañeó. Se abrió
la puerta y apareció mi tía, con el pelo, las cejas y el bigotillo
churrascados, el gesto de heroína griega y la bandeja con la pierna
de cordero en su perfecto punto de cocción. Ahora, el horno estaba
para el arrastre y el pavo, histérico.
El
animal seguía prefiriendo picotearme a mí, se conoce que como era
la más tierna.... y reconozco que, a esas alturas, ya empezaba a
darme igual, lo mismo que al resto de la familia que no me hacía
ningún caso.
Yo ya no quería cordero. Lo único que ansiaba
era quitarme de encima al maldito pavo, ni sé cómo conseguí
encerrarlo en el dormitorio de mi tía. La proeza y un terrible
abatimiento me aconsejaron meterme un lingotazo de coñac. Me sentía
muy, muy cansada.
Fue entonces cuando mi madre decidió que
estábamos nerviosos, la noche había sido muy agitada y lo mejor
para eso era una ronda de ansiolíticos. Dormí dos días seguidos.
Pasé el día de Navidad a solas con mis sueños. Sin novio, sin
familia y sin pavo.
Con el tiempo, me enteré de que los pavos que
nos comemos en Navidad son oriundos de México y la representación
del dios azteca Tezcatiploca. Sus sacerdotes, coincidiendo con
nuestra pascua de resurrección, sacrificaban a la deidad a un
prisionero joven y apuesto al que, durante un año, le habían
proporcionado una vida de lujuria y placer. En la festividad de
Tóxcatl subían al mozo, disfrazado de Tezcatiploca, a lo alto del
templo y allí le arrancaban el corazón. El dios, sacrificado en la
persona del prisionero, renacía en otro hombre joven que lo
representaba hasta morir el año siguiente.
Cuando los españoles volvieron de la
conquista de América, se trajeron los pavos, que ellos denominaron
gallinas de Indias, y de aquí se extendió su consumo a toda Europa
para pasar a Norteamérica y presidir la mesa del día de Acción de
Gracias. El por qué se hace típico como alimento estrella de la
Navidad en los países hispanos nos haría adentrarnos en el mundo
oscuro del sincretismo religioso y, la verdad, no me apetece.
Gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú! Dicen que dice
el pavo en castellano
¡Gobble, gobble, gobble! Los ingleses
afirman que es el sonido que emite el dios Tezcatiploca.
¡Grrodldl, grrodldl, grrodldl! Mi pavo manchego
no sabía idiomas, pero había heredado el sadismo del dios azteca y
no tenía ni pizca de espíritu navideño.
Sospecho que a aquel pavo le importaba un
bledo ser la representación de Tezcatiploca y yo, puestos a elegir,
prefiero adorar al Niño que, año tras año, renace en nuestros
pequeños belenes, sonriente, sin esperar que le arranquen a nadie
el corazón para volver a reencarnarse, al año siguiente, entre
villancicos y anuncios de grandes almacenes.
Como relato de una anécdota navideña (quizás hasta autobiográfica, Reina de Corazones, podría ser) resulta graciosa y no exenta de cierta frescura, pero lo historia no cala mucho más allá de eso, de la anécdota. Para mi gusto está de más la introducción en tono justificativo (nadie nos ha obligado a que escribamos sobre la Navidad, o al menos nadie ha obligado al lector a que lea sobre ella), ese cambio de punto de vista a mitad del relato (hay que mantener la coherencia, por respeto al lector; suena como si el escritor no pareciese cómodo con su elección inicial y obligase al lector, habituado ya al narrador, ha dar un golpe de timón innecesario, a reubicarse en la historia) y el añadido final, innecesario, porque no aporta nada a la historia, sobre los orígenes de la tradición gastronómica que asocia al pavo con la Navidad.
ResponderEliminarPues si, nadie obliga a nadie a escribir, tienes razón. En cuanto a mantener la coherencia... creo que me pides demasiado. Y tu, huye cuando veas escrito algo de la reina de corazones, cierra los ojos para adentrarte en tu mundo interior, será mejor para tu equilibrio mental, porque esa loca tiende a dar golpes de timón innecesarios a troche y moche.
ResponderEliminarbueno, pues ya se me ha acabado la hipocresía... ¡Por favor, no dejes de leerme! hale, y ahora me voy a llorar un rato a ese rincón de ahí.
Sal de tu rincón, llorica, y da la cara de nuevo. Lo que más valoro de tu estilo es la sencillez de tu prosa. No solo no es necesario ser rebuscado para transmitir una historia, sino que considero que es una virtud el no serlo. El relato en sí, es cierto que parece más bien una sucesión de anécdotas domésticas, pero eso tampoco le resta mérito. Y yo seré un cafre y un masoquista, pero en hablando de historias navideñas, me gustan más las que se salen del estereotipo, aunque no acaben bien, que las que rezuman almíbar, mazapán, villancicos y buenas intenciones.
ResponderEliminarAquí me tienes, LADN, dando la cara sin rubor: hace tiempo que escribo lo que me sale de dentro, sea doméstico o salvaje. En cuanto a la Navidad... cada uno se sacude el almíbar como puede. Pero si te gustan las historias atípicas, sigue leyendo a los otros compañeros, que vas a disfrutar,
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarUna historia navideña contada desde el alma, sin atender ni a cánones, ni a convenciones. Dejándose llevar por el fluir del pensamiento y la sucesión de ideas y anécdotas. Enhorabuena, me ha gustado el resultado.
EliminarEl giro del narrador refleja una situación corriente en la vida: contar algo como si le hubiera ocurrido a otra persona, porque nos incomoda reconocer que fue a uno mismo, y luego arrepentirse y reconocerlo. Ya la introducción nos sitúa cerca del narrador, revelándolo no anónimo ni omnisciente. Que reconozca que el relato es autobiográfico también es un recurso literario que la acerca y dulcifica el hecho de que relate una anécdota navideña sin más trascendencia que la simpatía y el humor que transmite, y que se vuelve didáctica en ese final que le reconcilia con su mundo navideño. A mí me ha gustado la suma de todo lo que aporta el relato. Felices fiestas.
ResponderEliminarPues fíjate, signorina, que a mi de da la impresión de caos y falta de claridad en el hilo de la trama.Cuestión de gustos será. En cualquier caso, querido Pirandello, tampoco se puede defender sin más todo lo que dicen o escriben los amigos, tan solo por el hecho de serlo. Felices también
EliminarQuerido anónimo: ante todo darte las gracias por pasarte por nuestro blog. Luego discutirte la afirmación de que no se puede defender todo lo que dicen o escriben los amigos: eso depende del tipo de amigo que seas y nosotros somos de los que sacamos las espadas a la voz de "Todos para uno".
EliminarAhora en serio, tienes todo el derecho a que el relato te parezca caótico. De hecho lo es, como lo fue aquella noche y como lo soy yo misma en ocasiones.
Voy a planteármelo seriamente, y a escribir cien veces todos los consejos que dan en los talleres de escritura, a ver si los recuerdo de una vez.
Pero ahora no, que es Navidad y mi casa anda tan revuelta como mi cabeza. Espero que pases estas fechas en paz y armonía con tu gente querida.
Bueno, nosotros ya nos damos leña en privado, no creas... Y aquí, esperamos que seáis los lectores quienes, libremente, nos deis vuestra opinión, pues para eso es el blog. Y tomamos buena nota de ella, por cierto.
EliminarLuego, claro, están los gustos, por supuesto. ¿Sabes cuál es una de las novelas que más he disfrutado? Tristram Shandy, de Sterne, donde el narrador interrumpe de vez en cuando el relato para dirigirse a distintos lectores o desvariar sobre lo que le apetece, aún a riesgo de hacer perder el hilo, como bien dices. Sin comparar (no elevaré a mi Reina -todavía- a esas alturas), me hizo recordarla. Quizá de ahí surgió mi justificación.
Mil gracias por pasarte y debatir. Que disfrutes, pese a la Navidad, y que el año nuevo sea mejor que éste, al menos en lecturas. Besico.
Pues si, compara, compara. Ambos somos libres. Está la tontería esa de que él sea uno de los referentes de la literatura contemporánea y yo... bueno, al menos estoy viva.
EliminarReina de corazones:
ResponderEliminarNo haré ningún análisis de tu cuento, sólo diré que a mí me gustó mucho. Ves, así nadie puede entrar en discusión. Jo jo jo. Feliz Navidad!!!
Se equivoca, querido Tornado Celeste. Precisamente se trata de eso, de entrar en discusión, porque eso es lo que realmente enriquece y les hará crecer como escritores. Si este blog se limita a que unos cuantos amiguetes se digan lo mucho que les gustan sus escritos y los magníficos que son, obviando cualquier tipo de crítica, mejor se monten un foro privado para darse betún entre ustedes. Servidora prefiere entonces dedicar su tiempo a otros blogs, la verdad
ResponderEliminar¡Por Dios, Servidora, no nos dejes que te necesitamos! Pero comprende que al igual que tú (¿Me dejas tutearte?) tienes el derecho y aún el deber de decir lo que piensas en este blog, los demás pueden hacer también lo que les apetezca. Y lo bueno de hacer uso de la libertad es conseguir que todos crezcamos: nosotros estudiando tus opiniones desde el respeto y la aceptación de nuestros errores y tu asumiendo que no siempre todo el mundo ha de estar de acuerdo contigo y tus apreciaciones.
ResponderEliminarA mi me encantará seguir discutiendo contigo, si procede.
Todo lo que dice, Reina de Corazones, es muy razonable, pero al mismo tiempo innecesario. Ha concluido Ud. erroneamente de mi comentario que yo no respeto las opiniones de los demás, cuando mi intención era todo lo contrario: alentar el debate literario objetivo, sin dejarse influenciar por las excelentes relaciones personales que les presupongo a todos, a juzgar por como se defienden (lo cual les honra, todo hay que decirlo). Por lo demás, debatamos sobre literatura, que es a lo que venimos aquí, y dejémonos de otras zarandajas.
ResponderEliminarFeliz Navidad
¿Innecesario? Bueno, puede ser, pero no presupongo nada que no se desprenda de sus comentarios. El hecho es que en este blog todos escribimos y nos exponemos a que el lector opine sobre lo que está a la vista. Sobre eso y hasta sobre el sexo de los ángeles estoy dispuesta a debatir, pero sobre lo que opinen los demás a cerca de lo que se ha escrito, sea llevado por la amistad o por otras sensibilidades, la verdad, prefiero no interferir: agradezco si a alguien le ha gustado y me lo comunica y agradezco también que alguien me de pistas para mejorar lo que me sale a borbotones de dentro.
ResponderEliminarSe nos puede acusar de intentar que las relaciones interpersonales sean un poco más amables, la verdad es que personalmente me cabrea la filosofía de herir gratuitamente que a veces invade las ondas de Internet, pero cuando pensamos en abrir este blog, todos y cada uno asumimos ese riesgo; los llamados trols pueden hacerlo parapetados en el anonimato. Bueno, pues está bien, es parte de esta aventura.
No quiero que piense que le enmarco en esa categoría. Me ha encantado que se pare en casi todos los relatos para darnos su opinión, Supongo que cada uno habrá sopesado lo que ha dicho de ellos. En mi caso me ha servido para valorar lo de caótico que tenía mi intrascendente relato, pero en el fondo también pretendía eso: me molesta la moralina que arrastra la Navidad y no quería dejarme llevar por la sensiblería cuando nos propusimos el reto de escribir sobre ella.
Espero que lo próximo que escriba en el blog le agrade más. Pero sino, me encantará recibir sus palos por lo que sea que no le guste. Olvídese de lo que opinen los demás; que cada uno aguante su vela.