martes, 17 de diciembre de 2013

CUENTOS DE NAVIDAD

Ya nos toca: vamos a colgar en el árbol del blog nuestros cuentos navideños, esperamos que os gusten mientras disfrutáis de unas maravillosas fiestas. Deseamos, de corazón, que tengáis a vuestro lado a todos los que os quieran y que el año que viene os traiga  lo que le pidáis a la vida.

Un dios azteca por el pasillo de mi casa: Navidad, Navidad, dulce Navidad

Si hay que hablar de la Navidad, se habla; pero es difícil no caer en sensiblerías, añoranzas o en juramentos contra el mundo capitalista y soez que se ha apoderado de unas fechas que nos llevan a la mejor parte de nuestra niñez. Luego está la filtración de las costumbres anglosajonas que poco a poco se han adueñado de todo diciembre, y desde la televisión nos bombardean con películas ñoñas llenas de Papá Nöel o de la Santa esa (¿por qué llaman Santa a un señor con barbas?). En fin, tampoco se trata de convertir esto en una reivindicación de Los Reyes Magos; allá cada uno con su vida y sus niños.
Nada de nostalgias plañideras, de acuerdo... entonces ¿de qué os hablo?
Pues señor, erase qué se era un país en el que aún no se había inventado al calvo de la lotería, una chiquita que estrenaba novio y una familia que celebraba la Navidad a la antigua usanza, con su belén y sus comilonas hasta reventar. Sin complejos, ni se acordaban de los pobres que no tenían que comer. Ya estaban ellos para comer a destajo, como si no hubiera un mañana.
La familia había empezado a celebrar la Navidad en su hogar, ya no se juntaban con el resto de tíos de la chiquita desde que el abuelo paterno se marchó de este mundo. Hacía años que el abuelete se llevó las noches revueltas de treinta primos en la casona grande del pueblo, con su sopa de menudillos, el pavo y el mazapán de Toledo con forma de vistosas serpientes. Lejos quedaban las Nochebuenas multitudinarias, el frío en la nariz, el viejo y sufrido perro que soportaba que los pequeños de la nietada lo cabalgaran y la abuela rezongadora porque el abuelo comía demasiado.
Esas navidades quedaban atrás, La jovencita estrenaba novio, bailes en el casino del pueblo, cotilleos de comadres y besos a escondidas. Hacía manitas en la sesión continua del cine y llevaba al novio a casa para cumplir con lo que se esperaba de un noviazgo decente.
“Feliz Navidad” decía el novio a la familia que le recibía con sonrisa condescendiente.
“Tómate una copa conmigo”. El futuro suegro, muy en su papel, le hablaba del tiempo y le preguntaba por sus estudios.
Y las mujeres dejaban a los dos hombres hablando de sus cosas. Ellas se iban a rematar la cena y a poner la mesa.
La madre terminaba de poner los langostinos en la fuente de los langostinos de la vajilla buena.
La hermana de la madre, soltera ella y dedicada en cuerpo y alma a amargar la vida de los que la rodeaban -eso si, con mucho cariño- colocaba el fiambre en la fuente de los fiambres como si de una obra de arte se tratara
La hermana mayor de la novia se dedicaba a partir trozos de turrón en la fuente... no, esta era de plata y tenía varios usos, mientras consideraba la mejor forma de enamoriscar a un chico muy macizo que le habían presentado esa misma tarde.
A la novia de dieciocho años, pelo largo, negro y sueños de amor eterno, las otras tres mujeres la mandaron a despedir al novio, que ya era hora y su madre le estaría esperando.
Y en el horno, la pierna de cordero asándose lentamente.
La muchacha y el muchacho se despidieron en el portal de la casa como establecía la ley no escrita de los noviazgos de antes. Besitos, “te quiero”... “yo más” no “yo más y la bola de santo Tomás que no se puede decir más” y así un buen rato. Oye, y ni se morían de vergüenza ni nada.
¡Qué narices, es hora de asumir las tonterías que una ha hecho! Si el lector no se ha percatado aún, tengo que confesar que la chiquita, la novia de la que está hablando el narrador, era yo. Así que continúo esta historia en primera persona.
Bueno, dije adiós a mi novio eterno, subí las escaleras embadurnada en miel y me encontré con que mi familia no me esperaba en el comedor. Mi padre, víctima de un cólico de vesícula, se había ido a vomitar al cuarto de baño y perdió el conocimiento. Mi madre lloraba, mucho, agarrada al quicio de la puerta. Mi tía murmuraba que ella ya lo veía venir, que mi padre no comía nada sano y se olvidaba del régimen. Mi hermana lloraba agarrada a mi madre y mi padre seguía tirado en el suelo, todo lo largo que era, alrededor del wáter.
Yo sería todo lo cursi que usted quiera, querido lector, pero fui la única que arrastró a mi padre hasta la cama, entre los quejidos lastimeros de las tres plañideras. Mi padre recobró el conocimiento en la cama con ganas de vomitar de nuevo.
A mi madre le volvió la serenidad justo para mandarme a por una palangana.
Me fui corriendo a por ella a eso que llamábamos aseo de servicio. Abrí la puerta, a oscuras y, de pronto un animal enorme se abalanzó sobre mí sin previo aviso. Lo que son los nervios, sin un mal ¡Ay!; agarré la palangana y corrí a socorrer a mi padre. El pavo (sí, era un enorme pavo) me siguió por el pasillo picoteando donde a las señoritas se les termina la espalda.
Mi hermana, mientras, había llamado al médico que acudió casi de inmediato. Se aseguró de que mi padre ya estaba bien y marchó a cenar a su casa. Prometió volver más adelante para ver qué tal se encontraba. El pavo y yo le despedimos en la puerta; ambos estábamos bien educados.
Más o menos recobrada la normalidad, decidimos cenar. Mi padre estaba bien y no era cuestión de dejar que se estropease la comida. Mi madre me pidió que guardara el pavo de nuevo. Al parecer se lo habían regalado esa misma tarde y se le olvidó comentármelo cuando llegué. Yo miré al pavo, él me miró a mí y ambos decidimos que era mejor mantener las distancias. Nadie se atrevió a encerrarlo de nuevo. Tenía mal carácter.
Los langostinos, el fiambre y el consomé: muy rico todo. Mi tía decidió ir a por el segundo plato.
De la cocina nos llego un fuerte estruendo, una clamorosa explosión. El pavo aleteo y se subió a mis rodillas, supongo que asustado, y el resto de nosotros ni pestañeó. Se abrió la puerta y apareció mi tía, con el pelo, las cejas y el bigotillo churrascados, el gesto de heroína griega y la bandeja con la pierna de cordero en su perfecto punto de cocción. Ahora, el horno estaba para el arrastre y el pavo, histérico.
El animal seguía prefiriendo picotearme a mí, se conoce que como era la más tierna.... y reconozco que, a esas alturas, ya empezaba a darme igual, lo mismo que al resto de la familia que no me hacía ningún caso.
Yo ya no quería cordero. Lo único que ansiaba era quitarme de encima al maldito pavo, ni sé cómo conseguí encerrarlo en el dormitorio de mi tía. La proeza y un terrible abatimiento me aconsejaron meterme un lingotazo de coñac. Me sentía muy, muy cansada.
Fue entonces cuando mi madre decidió que estábamos nerviosos, la noche había sido muy agitada y lo mejor para eso era una ronda de ansiolíticos. Dormí dos días seguidos. Pasé el día de Navidad a solas con mis sueños. Sin novio, sin familia y sin pavo.
Con el tiempo, me enteré de que los pavos que nos comemos en Navidad son oriundos de México y la representación del dios azteca Tezcatiploca. Sus sacerdotes, coincidiendo con nuestra pascua de resurrección, sacrificaban a la deidad a un prisionero joven y apuesto al que, durante un año, le habían proporcionado una vida de lujuria y placer. En la festividad de Tóxcatl subían al mozo, disfrazado de Tezcatiploca, a lo alto del templo y allí le arrancaban el corazón. El dios, sacrificado en la persona del prisionero, renacía en otro hombre joven que lo representaba hasta morir el año siguiente.
Cuando los españoles volvieron de la conquista de América, se trajeron los pavos, que ellos denominaron gallinas de Indias, y de aquí se extendió su consumo a toda Europa para pasar a Norteamérica y presidir la mesa del día de Acción de Gracias. El por qué se hace típico como alimento estrella de la Navidad en los países hispanos nos haría adentrarnos en el mundo oscuro del sincretismo religioso y, la verdad, no me apetece.
Gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú! Dicen que dice el pavo en castellano
¡Gobble, gobble, gobble! Los ingleses afirman que es el sonido que emite el dios Tezcatiploca.
¡Grrodldl, grrodldl, grrodldl! Mi pavo manchego no sabía idiomas, pero había heredado el sadismo del dios azteca y no tenía ni pizca de espíritu navideño.
Sospecho que a aquel pavo le importaba un bledo ser la representación de Tezcatiploca y yo, puestos a elegir, prefiero adorar al Niño que, año tras año, renace en nuestros pequeños belenes, sonriente, sin esperar que le arranquen a nadie el corazón para volver a reencarnarse, al año siguiente, entre villancicos y anuncios de grandes almacenes.






lunes, 16 de diciembre de 2013

Poesía. Isabel Mendieta Rodríguez

En la pestaña Poesía puedes encontrar todos los poemas de este blog.

 SI PUDIERA
Si pudiera subir la escalera
si supiera llegar a tus brazos
y curar esta herida
si pudiera inventar llamarte, 
sentada frente a ti
y compartir la dicha del encuentro  
mis manos, te seguirían hablando
mientras tomáramos café
en pleno éxtasis de sonrisas,
caricias y miradas cómplices 
de afinado silencio

Nos rondarían los músicos callejeros
con su encadenada melodía 
los magos leerían nuestras manos
sabrían deducir entre líneas nuestra evidencia
bajo el tintineo suave de la aromática vela
"Génesis y Apocalipsis" de polvo de estrellas
somos nuestro principio y nuestro final
transcurrido el tiempo, pasada la vida
cumplidas las deudas, 
cuando tu mirada se funda en la mía

Isabel Mendieta Rodríguez
Derechos Registrados

Imagen Haixia Liu

Poesía. Michel de Bergerac

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  LE TEMPS
                                                             
Michel de Bergerac                                                                



C´est le temps qui sait, qui juge. C´est le temps…
Dans ses bras, ouverts au vent, on voyage,
On vit, on pleure, on rit, on meurt, on partage…
C´est le temps qui décide quoi. C´est le temps…


Avec le temps, la blessure guérit, le chagrin aussi.
Les fillettes de notre enfance deviennent des femmes,
Fiancées, épouses, mères, soeurs, princesses et dames.
Avec le temps, tout commence et tout finit. C´est ainsi.


Oh, le bon vieux temps!
Le temps de vin et de roses,
De folie et d´autant de choses,
D´amour et de tendresse,
De solitude et de tristesse.
Hier, aujourd´hui, demain…
Il y aura toujours un bon vieux temps.

Poesía. Cronopio

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 A contracorriente:


Bebíamos de un vino
pocas veces triste;
no arreciaban las voces, ni las risas,
en un fuego frenético
que venía desde lejos.


Nos unió la distancia y la conciencia,
el viejo globo girando
en medio de la sangre y los asuntos.


Dibujábamos sueños, o viceversa,
leves huellas dando vueltas
en un circulo de hojas encendidas.


Bajo el peso de las nubes,
transitaban trenes, encuentros, despedidas;
y empezamos a creer en las victorias,
a toda prisa partimos
cual piratas, compadres de un destino,
miramos atrás y comprendimos,
que vivir es poner una palabra
tras otra palabra
para ir abriendo caminos.


Tal vez habrá una vida inacabada,
pequeñas cruces en calendarios futuros,
pero los cuentos compartidos,
quedaran por siempre
fuera del tiempo y del olvido.


                               Cronopio

Poesía. Ana María Fernández Delgado

Me gustaría que conocieseis a Ana: es una de esas personas que están fuera del tiempo y del espacio temporal. Su cuerpo menudo se diluye en unos ojos grandes, negros, intensos. Su pelo se enreda en el viento mientras ríe con cada una de sus células. Ana se ríe con la fuerza de las personas que han tragado muchas lágrimas pero, sobre todo, Ana escribe para respirar todas las mañanas, como los antiguos, enfrentándose a un folio en blanco con la pluma mojada en  su amor a la poesía.

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 ARCAICA. Poema con retranca.


Te parecía arcaica mi figura
Arcaicos mis modales
Arcaico mi lenguaje
Mi poesía... Arcaica.


No soportabas mi romanticismo,
ni siquiera mis versos intimistas,
ni los sonetos que hacía a tu persona,
ni los poemas místicos,
ni líricos, ni épicos
tampoco los dramáticos.


Quiero decirte que...
Nunca me dio por lo sacramental
pero yo te conozco,
y sé que hubieras dicho que estaba mal.


Cuando empleo la métrica, te burlas,
y si escribo por libre, me criticas,
te da igual si es poema rimado,
o si es prosa poética.


La poesía bucólica te desesperaba,
y si era religiosa, no la soportabas,
y todavía menos si era profana;
la de denuncia, la social o la comprometida,
no te decían nada.


Toda en mi, te hastiaba y te aburría,
daba igual que escribiese,
un madrigal, una égloga, o una elegía.


Por eso esta mañana, me despido de ti,
me iré por los caminos, libre y ufana,
para escribir mis poemas arcaicos,
para escribir lo que me de la gana.



Ana María Fernández Delgado

Poesía. Dorita Puig


Dorita Puig nos brinda uno de sus poemas, Hilandera, para subirlo a nuestro blog.

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Esta poeta argentina, radicada en Alemania, es la autora, entre otros, del libro De breve infinitud, de editorial Dunken.

¡Muchas gracias Dorita!



Hilandera
Dorita Puig


Si estuviste allí, en el primer latido,
en el primer grito erigido en llanto,
no te detengas ahora,
no me abandones,
recibe esos hilos plateados,
y sigue destejiendo el mensaje del cielo
para que giren sus sonidos
en mi huso de hilandera.





jueves, 12 de diciembre de 2013

La condena, de Gloria Barberán

En su día, Gloria nos dejó esta colaboración. Aprovechamos para agradecértelo de nuevo.

La condena
            Se despertó con el ruido de la puerta. Su carcelera echó dos vueltas de llave y se marchó. Pudo oír sus pasos alejándose por el pasillo. Suspiró. Aún estaba en la cama. Su celda estaba a oscuras. No estaba seguro de si era de día o de noche. Se incorporó y encendió la lamparilla. En la mesita había una nota en la que rezaba:
«Me voy a comprar, vuelvo en seguida. Procura comer algo.
Un beso. Tu madre»
            Sobre la bandeja, una taza de café humeante, un par de sobaos y la colección de calmantes. Tomó las pastillas y las masticó con desgana. Tragó su escueto desayuno ayudándose de un sorbo de café. Se sentó y buscó las zapatillas con los pies. El frío del suelo le hizo encoger los dedos. Abrió el cajón del mueble y sacó una navajilla. Tiró de la uña y desplegó la hoja. Una vez más sintió la tentación de acabar con su vida. La condena se le hacía insoportable, pero era demasiado cobarde. En un lateral de la caja hizo una marca, una diagonal que cruzó cuatro muescas. «Veinticinco días», contó.
            Su cuerpo entumecido necesitaba tiempo para tomar conciencia de cada uno de sus miembros. Cogió uno de los bizcochos y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Cuando reunió las fuerzas necesarias, se levantó y se dirigió lentamente hacia la ventana. Al llegar, abrió e inspiró con fuerza. El olor a hierba recién cortada del parque de enfrente chocó inevitablemente con la pestilencia que despedía. Sintió cierta paz, una libertad insignificante que le alivió durante unos segundos. Sacó el sobao y lo deshizo desperdigando las migas por el quicio. Esperaba la visita de un gorrión, cualquiera que quisiera convertirse en su compañero. Le hubiera gustado parecerse a Burt Lancaster, pero nunca fue un galán ni le gustó la gimnasia, prefería el sofá y una buena cerveza fría para pasar las tardes.
            Volvió a respirar con la misma intensidad. Esta vez notó los minúsculos granos de polen atravesándole como proyectiles. El dolor borró su recién estrenado sosiego. Tosió. Tosió con tanta fuerza que acabó vomitando sobre los geranios. Las flores tintadas de un amarillo pálido se apagaron. Sintió más pena por ellas que por sí mismo. Cerró la cristalera y bajó la persiana dejando solo un palmo de luz. Se despidió con tristeza del día regresando a su encierro.
            El ambiente volvió a hacerse pesado. «Demasiado tiempo recluido», pensó. Volvió a su cama arrastrando los pies. Las zapatillas ajadas, a modo de grilletes, hacían su paso lento y torpe. Se sentó en el borde, junto a la mesilla, y encendió un cigarro. El humo se movía caprichoso a su alrededor. Buscó su reflejo en el espejo del armario. El pelo desaliñado y la barba descuidada le hacían parecer mayor. Le costaba enfocar; su vista, intoxicada por el tratamiento, le engañaba borrando las primeras arrugas de su cara. Parecía encoger por momentos. Sabía que estaba condenado a muerte. Con cada calada hacía un esfuerzo por cambiar el gesto: pasó de la sonrisa al llanto, de la calma a la sorpresa, del enfado a la felicidad; pero ninguna le convencía. Con la última chupada, dibujó un aro y trató de atravesarlo; quiso ser Alicia atravesando la puerta al País de las Maravillas. Esperó pero no ocurrió nada. Cuando sintió el calor en la yema de sus dedos, apagó la colilla en el cenicero y se recostó.
            Estaba incómodo. Las finas sábanas aplastaban sus heridas. Ninguna postura le reconfortaba. Miró el despertador: las once en punto. Esta vez la medicación tardaba en hacer efecto. A pesar de notar la somnolencia, no era capaz de conciliar el sueño. El picor se hizo molesto. Se levantó de nuevo intentando huir de esa sensación.
            Solo le hicieron falta un par de pasos para encontrarse otra vez con su imagen. Apenas se reconocía. «Das asco. Si Paula te viera así, se iría una y mil veces más», susurró. Examinó de arriba a abajo al extraño en el que se había convertido. Las rayas de su pijama eran los barrotes de su celda. Las dos piezas almidonadas de sudor le rozaban provocando un dolor insoportable. El cuello, que permanecía perfectamente planchado, cortaba su respiración. Podía notar los puños de las mangas cortando sus muñecas como cuchillas. Sintió un calor agobiante. Necesitaba una ducha de agua fría. Comenzó a desnudarse desabrochando primero el pie de la camisa evitando rozar las úlceras y siguió despacio con cada ojal. Al llegar a la altura del bolsillo, descansó su mano derecha sobre el corazón que latía cada vez con menos fuerza. «Cualquier día de estos te concedo el tercer grado», bromeó. En una maniobra bien coordinada, consiguió deshacerse de la prenda dejándola caer sin mirar. Al contacto con el suelo, rebotó un ruido metálico, casi ensordecedor. A pesar de las quejas cuando estrenó el pantalón, nadie hizo nada por aliviar el martirio que para él suponían las costuras que parecían estar cosidas con hilo de pescar. Lo bajó con cuidado. La goma del pantalón había marcado el perímetro de su cintura igual que el código de un preso. En la zona más castigada, la entrepierna, las heridas escocían a conciencia. Pronunció su nombre en alto un par de veces: «Francisco Javier, Francisco Javier»; quería comprobar si su timbre había variado. Se sintió como un castrati.
            Lloró como un niño al contemplar su cuerpo huesudo en la penumbra de su prisión. De camino al baño que había en su dormitorio, maldijo su cadena perpetua.
Gloria Barberán González