No me preguntéis por qué le llamo a él precisamente. Es el último de nuestros colaboradores, y quizás por eso, me parece que al hacerlo así también llamo a todos los que han pasado por aquí. Todos han dejando un rastro de su forma de escribir la vida y un sentimiento de hermandad en nuestros corazoncillos de juntaletras anónimos. Chicos, os añoramos. Sabemos que estáis por ahí, y nos gustaría conoceros un poco más. De Eduardo sabemos que ha plantado árboles, que tiene una familia soñadora y que quiere publicar un libro... y sobre todo, que nos ha llamado hermanos de tinta.
Se acaba mayo, mes revuelto de terremotos y elecciones. Hoy mi pueblo olía a tierra mojada y a verano incipiente. Me voy a dormir sabiendo que en algún rincón de nuestro mundo, alguien intenta soñar historias para compartirlas en este blog y me acurruco en la cama con una sonrisa cómplice.
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viernes, 29 de mayo de 2015
Llamando a Eduardo Sosa
Etiquetas:
Colaboraciones,
La Reina de Corazones
jueves, 12 de marzo de 2015
Eduardo nos regala un relato. Gracias, amigo.
MI
ESPECTRO
El
anciano se hallaba sentado a las puertas del Edificio.
No
tenía intención de ser agradable. Parecía formar parte de las altas puertas de
madera que franqueaban el paso a la antigua Biblioteca. Nunca supe muy bien
cómo llegué a ése lugar, creo que fue por un sueño. No estaba seguro si el
lugar existía, si era una locura o una pesadilla. Pegados a él se hallaban
otros edificios similares, sucios, húmedos. Oscuros. La calle estrecha llevaba
inexorablemente a esta edificación. Esto podía ser Barcelona, París o Alemania.
Ventanas adornadas con arabescos arquitectónicos de época. Mil cuatrocientos y
tanto, mil quinientos, no sé. En aquellos años en que el Ocultismo, la
sabiduría, lo sobrenatural, dominaban intelectualmente a los espíritus
inquietos y las mentes de los escritores...
Esta
ciudad estaba rodeada de canales con aguas malolientes y verdosas, puentecillos
de piedra manchados de musgo, avenidas silenciosas y árboles raquíticos y
sombríos. Por transeúntes melancólicos. Con un cielo plomizo, el cual, como una
mano tapando una horrenda herida, cubría todo.
Su
mano derecha asomaba en el bolsillo del gastado chaquetón. El viento
arremolinaba hojas secas al borde de la calle. Se oyó por ahí un murmullo de
conversaciones, risas de niños. A lo lejos...ladridos. La luz del farol a
cincuenta metros de donde estábamos, comenzó a parpadear intermitentemente.
Parecía encender. Ya no quedaba tiempo. Al entrar, yo ya sabía que no tendría
muchas opciones.
Me
acerqué lo más que pude y el anciano me vio. Sus ojos apenas reconocían mi
figura, las arrugas alrededor de ellos y el cabello extrañamente bien
conservado, blanco y largo, le daban el aspecto de un viejo demonio. Su mano
izquierda se apoyaba en un rugoso bastón plateado. La silla en la que se
sentaba, parecía brotar del suelo. Tenía un respaldo elevado y la madera con la
que había sido construida, no sólo era negra, dura, lustrosa, sino también, tan
antigua como el edificio. Decían los pobladores del lugar, que los árboles de
los cuales se extrajo...no existían ya.
Los
antiquísimos volúmenes encerrados en aquel lugar me atraparían, me aturdirían
con sus letras góticas, sus giros idiomáticos, sus sutiles historias de magia,
sus espectros y la loca cacofonía de sus gruñidos...Como alaridos.
Luego giró y dándome la espalda, se dispuso a
abrir una hoja de la pesada puerta de entrada. La llave era negra como la
madera de la silla. Chirrió en la cerradura y el sonido de la puerta al
arrastrarse, se repitió, con ecos, por la estancia. Todo allí era penumbras. Se
hizo a un lado en el umbral y me dejó pasar, su bastón parecía brillar. Habló
entonces...
Me
dejarían, en fin, laxo, gozoso. Satisfecho, pero atormentado. Ansioso y feliz.
Queriendo leerlo todo. Verlo todo, saber más y más. No me preguntaría hasta
dónde debería llegar ni para qué. Sólo me daría a la inexplicable tarea de tratar
de dilucidar lo inexplicable... Por el sólo hecho de entender...lo
inexplicable.
Todo
aquello que fue oculto durante siglos, al común de los mortales. El anciano se
levantó a duras penas y sin decir ni una palabra, sacó su mano del bolsillo y
me entregó un pequeño amuleto de metal y cerró mis dedos alrededor de él,
obligándome a apretarlo fuerte en mi puño. Me quemaba.
-"Este
es el final de tus comienzos. No te apresures a entenderlo todo. Cuando menos
lo esperes, la sabiduría se clavará dentro tuyo como un puñal filoso..."-
Confieso
que me asusté, su voz era cavernosa, firme. Me recordaba algo o a alguien.
Siguió diciéndome...
-"Los
motivos por los cuales llegaste hasta acá, poco importan.
Lo verdadero, es el vacío de tu espíritu. Todo
lo que ves aquí, es tu reflejo.
Ése
era mi lugar, pensé y cuando lo hice, me di cuenta que ya estaba perdido, que
todo lo anterior ocurrido en mi vida, carecía de importancia. Este sueño o esta
pesadilla, se hacía realidad. Nunca supe cuánto tiempo pasó, ni qué cosas me sucedieron.
Hoy no lo recuerdo. Mi mente tal vez no quiera rememorarlo...Tal vez fueron
horas o días. Al salir, el viejecillo no estaba. Las luces de los faroles en
las esquinas, se hallaban encendidas y la gente circulaba rumbo a sus casas, a
sus trabajos, a sus citas de amor por el lugar. Todo parecía normal. La
biblioteca, detrás mío, al observarla bien, desde esta distancia, tenía en su
fachada, dos inmensas ventanas y a los pies de ellas, sendas gárgolas de
dientes afilados en sus fauces abiertas. Las puertas con figuras gastadas de
dragones en la húmeda madera, casi podrida, parecían a punto de derrumbarse.
La sensación de nada que te invade ahora, será
rebalsada de fuerzas que ni yo conozco...No temas. Cree, sólo debes
creer."-
A todo esto, me sentía hipnotizado por el
lugar.
Un
amplio salón con un techo alto y abovedado, rematado en aquella bóveda por
vitreaux de colores, con dibujos de ángeles y demonios, figuras femeninas
desnudas, árboles con frutos dorados, unicornios, dragones, serpientes, lunas y
estrellas...
Las
paredes, todas tapadas con estantes desbordados de libros y en medio de la
sala, una grandiosa mesa oval con una sola silla, una pequeña lámpara
individual, papeles en blanco y dos o tres bolígrafos de tinta exquisita,
fresca, pronta a dar vida a las palabras y los textos más sublimes. U
horrendos.
La
silla en la cual estaba sentado ahora, era lo único firme...y mi bastón
plateado.
Frente
a mí, alguien esperaba entrar y me miraba. Curioso. Expectante.
Apreté
más fuerte aún el pequeño amuleto en mi mano derecha y ya no me importó que me
quemara.
-"...todo
lo que ves aquí, es tu reflejo."- Recordé.
Y
entonces supe que aquella voz, era la mía..
Eduardo Sosa
sábado, 28 de febrero de 2015
Luna maldita, ultima noche, por Alejandra Fonseca A.
Recibimos una nueva colaboración. Gracias, Alejandra.
Cuantas veces habrán insultado a
la noche, cuantas veces habrán maldecido la luna. Cuantas veces he deseado que
el mismo cielo nocturno que cubre mis instantes se torne infinito y se quede
inmóvil para siempre. Cuantas veces he deseado que no haya una ultima noche o
que esa ultima noche no marque un final. Esa luna que brilla sin muerte, que
yace sin vida, que adorna el panorama de los vestigios de la perfección, esa
luna que decía ser mágica. Noche de amores, luna de olvidos. Llena en invierno
y media en verano, luna de atardeceres, noches de prolongadas madrugadas. Lunas
de besos, noches de amores, luna testigo de madrugadas iluminadas por la
presencia, madrugadas en compañía. Luna maldita, noches de infamia, tantos
deseos y tanta distancia. Luna maldita, la misma luna, cielo estrellado, el
mismo cielo. Luna maldita, tu que eres testigo de sus noches cuando yo no estoy
a su lado, tu que te reflejas en su pecho cuando no esta contra el mío. Noche
de infamias, tu que fuiste testigo de nuestro viaje y ahora te encargas de
poner el obstáculo final antes de la despedida, nuestra ultima noche, el resto
es incierto. Noche de infamias, tu que fuiste pasión cruda y amor sincero. Luna
de letras, noches de escritos. Luna de tertulias, noches de café. Noches llenas
de él, de nosotros, de nuestras compañías. Luna vigilante, declarante de todas
mis tristezas y fiel beneficiaria de cada una de mis lagrimas. Cuantas veces
habré insultado la noche, cuantas veces me habré arrepentido de vivir una
noche, cuantas veces he deseado vivir de nuevo una noche. Luna maldita, maldita
luna. Hoy estamos tu y yo, tu estas conmigo, estamos solas, pero también estas
con el. Luna de infamias, noche maldita, afortunado el que puede verte,
afortunada tu que puedes acecharlo, tu que tienes el privilegio del que
carezco, regálale tu mas brillante resplandor, dile que es de mi parte, dile
que te esta viendo y que yo te estoy viendo. Sé intermediaria del ultimo amor
para siempre, dile que en cada rayo de sol que reflejas hay un pedazo de mi corazón
que late incesante esperando el día en que podamos volver a verte en compañía,
siendo solo uno. Dile que tu brillo es por mi, dile que quiero que alumbres sus
noches. Tu, luna de infamias, dueña de mi recelo y mi envidia, tu que puedes tocarle
la piel que yo no puedo, con tu resplandor, hazle saber que le pertenezco. Noche
maldita, luna de infamias, él que se duerme en tu seno que antes era el mío, tu
que le ves soñar, que le escuchas respirar, tu que escuchas mis lamentos y
desvaneces mis sonrisas. Quédate opaca, estrellada y opaca, regálale plenitud y
serenidad. Luna de lunas, noche de estrellas, tu que conoces de mis tristezas,
no le cuentes de mis desgracias, escóndele lo que siento y no le hagas saber
que lo extraño, dile que lo necesito, no le cuentes que me muero en su
ausencia, no le digas que derramo mil lagrimas, dile que mi amor no se acaba.
Luna maldita, noche de infamias, luna de lunas, noche estrellada.
https://tearspledge.wordpress.com/
lunes, 22 de diciembre de 2014
Virginia y yo, por El Hombre de Acero
Nos hace felices seguir recibiendo colaboraciones. Hoy tenemos el gusto de compartir con todos los lectores este precioso regalo. Gracias, Hombre de Acero.
Virginia y yo
Su frontis neoclásico daba pena de tan descolorido, como si
lo hubieran rascado con un gigantesco cepillo de púas. El inmueble en conjunto
parecía un león agonizante varado en una esquina de la plaza, lleno de grietas,
desconchados y excrementos de ave. El espectáculo, de puro triste, me hizo dudar.
Acaricié el sobre, en el bolsillo interior de la chaqueta, a la altura del
corazón, y un aleteo en el estómago me impulsó a continuar caminando.
Pulsé el timbre del pórtico y un bedel muy
joven asomó con una sonrisa afable. Me presenté como antiguo alumno de la
facultad, matemático recién jubilado, y añadí que, al enterarme de su inmediata
demolición, me habían entrado la morriña y las ganas de dedicarle una visita
antes de que desapareciera. Que no faltaría más, amigo, que entendía mis
sentimientos y que no era el primero al que se le había ocurrido. Más bien de
los últimos. Me advirtió que tras semanas transportando lo que fuera útil no
quedaba nada interesante. El resto iría a los contenedores. Me cedió el paso al
interior y siguió tecleando en su móvil.
La desolación invadía el claustro de la vieja
facultad de Ciencias Exactas, en su tiempo orgullo de la Universidad Complutense.
Me recordó una playa batida por los restos de un naufragio. El suelo lleno
de cascotes y desperdicios, gatos merodeando entre restos de bocadillo, paredes
enmohecidas, ventanas sin cristales... Abandono, suciedad y brozas. Inmersas en
un silencio de oquedad, infinitas moléculas de polvillo en suspensión danzaban
al sol del atardecer creando una atmósfera fangosa. Subí por escaleras de
peldaños rotos entre balaustradas de piedra descarnada.
En el piso superior desemboqué en la
biblioteca. Se me escapó una sonrisa melancólica. Cuatro décadas atrás,
Virginia y yo coincidimos allí en jornadas de aplicado estudio, rodeados de silencio
y de estanterías con libros y cartapacios pulcramente ordenados. La recorrí con
devoción. Desposeída de sillas y mesas, con anaqueles vacíos que iban a
terminar hechos añicos, anduve por ella sorteando textos desmochados, papeles
rotos y utensilios en desuso, como reglas de cálculo y tablas logarítmicas. En
un rincón algunas cajas con cachivaches a destruir. Tan solo me reconfortó el añejo
aroma a madera noble.
Por un lateral pasé al archivo que se
utilizaba como almacén de la biblioteca. Miré al fondo. Un suspiro de alivio.
Había llegado a tiempo. Supuse que el armario era demasiado viejo para
reutilizarse y demasiado grande para ser transportado. Supuse también que en
eso nos parecíamos: ambos éramos considerados ya por la sociedad entes obsoletos
e inservibles. Con un barrote de hierro palanqueé para separarlo del muro. Arrodillado
y alargando el cuello, extendí el brazo por detrás y palpé con las yemas de los
dedos la superficie de madera hasta tocar la tela. Allí seguía. Lo así por la
punta y estiré, muy despacio, con mimo, no fuera que se hubiera ajado y lo
rasgara. El pañuelo de seda de Virginia. La única prenda de las que vestía que
no le quité.
En aquella lejana tarde nos demoramos más
de lo habitual. Otro bedel, ése con bigote y cara de policía, debía marcharse
para acudir al médico, según dijo. Nos pidió que al salir cerráramos con un
portazo y que las luces quedaran apagadas. Había confianza, éramos amigos suyos
tras cinco largos cursos. La facultad casi desierta y Virginia y yo los dos
sufridos resistentes de la biblioteca. Faltaba poco para los exámenes de junio,
los últimos de la carrera, y exprimíamos las horas para memorizar docenas de
páginas de apuntes.
Hay episodios imperecederos que surgen una
vez en la vida, sin avisar, y pronto se tiene la áspera certeza de que no se
darán de nuevo. Hace muchos años que me resigné a no volver a poseer en ningún
rincón de un oscuro archivo a una Virginia enroscada en mis brazos y apoyada en
un armario. A no volver a absorber entre gemidos el sabor agridulce de su
cabello enmarañado, de su piel, exquisita como el raso, ni a besar y morder sus
labios y cada centímetro de su cuerpo receptivo, ojos cerrados y nuca arqueada.
Ni a lamer uno tras otro valles, montañas y canales, como el niño goloso que
rebaña la melaza de un cuenco, mientras ella acompasaba los movimientos de su
pelvis al ritmo de mi lengua. Entonces deseé que el instante fuera eterno, pero
intuí que iba a ser tan efímero como irrepetible, y que luego se perdería para
siempre, igual que el agua de un cubo arrojada en el mar.
En aquella caliginosa tarde los dos fuimos
uno. Por primera y última vez. Y lo fuimos con la furibunda pasión de los
veinte años. Sin apenas palabras. Sin miedos ni vergüenzas ni remordimientos. Y,
al acabar, Virginia desanudó el pañuelo de su cuello y lo impregnó con el sudor
y los restos de los flujos de ambos. Después, luciendo la sonrisa más fascinante
y pecadora que mis ojos han disfrutado jamás, lo escondió en un hueco trasero
de un armario instalado esa misma mañana, todavía por fijar a la pared. La
guarida perfecta para el amuleto de un éxtasis.
Me senté en una caja. Extraje del bolsillo
de la chaqueta el sobre, y de éste su contenido: la foto de un hermoso distrito
de Alejandría, y una hoja escrita con cuidada letra redondilla.
«Mi querido Enrique:
Espero que este correo te llegue. Solo dispongo
de tus antiguas señas, las que nos intercambiamos en la fiesta de despedida de
la promoción. ¡Hay que ver; tiemblo al recordar que de eso hace más de cuarenta
años! Aunque, si bien lo pienso, a estas alturas me parece que de todos los
brillos de mi vida hace ya cuarenta años.
Nuestra compañera Irene me comunica que
trasladan la facultad de Exactas a la Universidad Politécnica, que van a
demoler el edificio donde estudiamos para construir oficinas o algo parecido.
Quizá lo sepas. Pues bien, esta vieja amiga se atreve a pedirte con toda el
alma que le concedas un pequeño e íntimo favor. Hay algo que quiero que
rescates antes de que la piqueta lo sepulte. ¿Te acuerdas del pañuelo que
oculté en la biblioteca? ¡No te perdonaría que lo hubieras olvidado! Quiero que lo recuperes y que lo guardes donde
no tengas que dar explicaciones a nadie. ¡No lo tires, por lo que más quieras! Me
reconfortará saber que lo tienes tú. Y sólo tú, porque me temo que nunca podrás
devolvérmelo. Pero con eso me conformo.
Tras mucho deambular resido en Alejandría,
donde vivo razonablemente feliz con la proximidad de mis hijos y nietos, y
junto a Karim, mi marido. ¿Recuerdas?, mi novio de entonces. Al final, aquel egipcio
moreno que tan mal te caía consiguió regresar a su país con una española en la
maleta.
La memoria no me funciona como antaño. Aumenta
la distorsión de unos recuerdos en los que se entremezclan personas y fechas
deformadas por las realidades cotidianas, como los países cuya ubicación
confundo a menudo. Pese a ello, en mi mente han quedado prendidas algunas
imágenes nítidas que, te lo juro, nunca se borrarán, y que al cabo de una
montaña de años reaparecen de vez en cuando, como una placentera reliquia
gráfica. Sobre todo si mi ánimo decae en ratos de pesimismo, nostalgia o
soledad. En este caso, ¡en el tuyo!, ¿fue culpable el más divertido, tierno, ocurrente,
guapo, y también un poco temerario y hoguera, de todos los chicos de la
promoción 1967-72 de Ciencias Exactas?
Te adjunto una foto de mi barrio. Mi casa
es la grande de color blanco, a la derecha del minarete. La tuya la tendrás
siempre dentro de mí.
Virginia»
El Hombre de Acero
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