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domingo, 22 de diciembre de 2013

CUENTOS DE NAVIDAD

“Verde que te quiero verde.    
 Verde viento. Verdes ramas. 
 El barco sobre la mar           
Y el caballo en la montaña.”
 Federico García Lorca; Romance sonámbulo.

 ALIENTO

 Un año más se acercan las fechas con su noche y su día, y me pilla, como me pilla siempre últimamente, sin ganas de nada. Por no verles la cara, no sé dónde me iría, cualquier sitio sería bueno, menos estar aquí, haciendo buena cara a cada impertinencia que oiga, aguantando sus sonrisas fingidas, ¡serán cínicos! Y ella, buena es la señora, para reina sería única, saludar y sonreír lo hace como nadie. Y no digamos de la otra; esa, una ordinaria, qué pintas que lleva siempre, ya veremos el modelito que me trae para Navidad, ostentoso y hortera, seguro. Mis hermanos que de santos nada —¡menudos!—, lo tienen bien merecido. Siempre se ha dicho: “Dios los cría y ellos se juntan”. Mi hermana, pobrecita, siempre fue guapa y de tan buena tonta, se casó con un sinvergüenza prepotente, que por no verle los aires me iría a Pernambuco. Tengo que estar aquí, sin embargo.

 Estamos todos pensando en el menú, yo desganada, pero es tanta la ilusión de ellos, se reunirán con todos sus primos, algunos viven lejos y es la única oportunidad de estar todos juntos, juntos alrededor de unos abuelos que no sabemos cuánto más durarán a nuestro lado.

 Cada vez que despotricaba del trabajo y de la poca gana que tenía de celebraciones, mis hijos me daban una llamada de atención.

 —Mamá, ¡cállate!, si sigues así, serás peor que ellos, o al menos como ellos, y nos amargarás la oportunidad de disfrutar de la Navidad todos juntos.

 ¿Pavo o besugo? Lo decidimos a suerte y salió pavo. Para continuar con la tradición sacamos lo mejor del ajuar: los manteles de hilo de las grandes celebraciones, la vajilla de porcelana, la cristalería de Bohemia, la cubertería de plata. Todo localizado y puesto a punto. Ahora manos a la obra, comenzamos a preparar la comida. La cocina se puso que parecía azotada por un huracán, todos en casa ayudando y todos enloquecidos de un lado a otro. Unos, preparando el aperitivo; otros, es decir, yo, peleando con el horno y el pavo. “¡Nunca más!”, dije, pero ya se sabe que “nunca digas nunca jamás”. El tiempo corría más que nosotros, cuando nos dimos cuenta corrimos a ducharnos, perfumarnos y arreglarnos. Pero qué elegantes estaban, cómo habían crecido y qué guapos se habían hecho. Al pavo le quedaban diez minutos de horno; mientras esperábamos a los invitados acabaría de hacerse. Mi hija recordó que no había colocado las velas en la mesa. Lo hizo, y las rodeó de unas sencillas ramitas. Qué gusto tiene la niña, un detalle de nada y todo cambia.

 Todo listo, el reloj del horno a punto de sonar, el aperitivo en la mesa; nosotros arreglados, la música navideña sonando de fondo. Solo faltaban ellos, los invitados: la familia —¡Ay!, la familia—.

 ¡Din,don! ¡Din, don! Son ellos, listos, mejor dicho: lista. Me recompongo y con la mejor de mis sonrisas los recibo.

 Todo fueron abrazos y alegrías. Ya en la mesa nos pusimos a comer sin tregua, cuando oía alguna cosilla fuera de tono, miraba a mis hijos, a mis sobrinos y los veía a todos disfrutar, reír a carcajadas de pandereta, compartir sus vivencias y algún que otro secretillo que encendía sus ojillos picarones. Los mayores hacíamos lo que podíamos, pero poco a poco nos fuimos contagiando de la alegría de los más jóvenes y pequeños. Cómo en un pacto tácito decidimos guardar los desencuentros, desaires y agravios en el fondo de la zambomba. Seguían sonando los villancicos, las luces de las velas parecían no agotarse para no romper la magia, y seguir acompañándonos con su calidez. Me volví hacia El Belén, ahí estaban: la mula, el buey, San José y María; todos alrededor del niño Jesús, dándole su aliento, calentándole. Seguí contemplando la escena, y vi como me sonreían y de su ligera mueca de complicidad, entendí que su aliento también iba para todos nosotros; miré la mesa y a mi familia alrededor de ella, sentí un cálido soplo que erizó hasta mis entrañas, seguí llenándome de su felicidad y comprendí que, a pesar de todo, todavía había amor. Navidad que te quiero Navidad.

viernes, 12 de julio de 2013

EL LUCERO DEL ALBA







           De mí qué puedo decir: que nací en el Mediterráneo (igual que en la canción), pero con el Atlántico, herencia de mis mayores,  a mis espaldas. Me gusta el color de uno y el rugir del otro. En cuanto a mi edad, para qué vamos a hablar de algo que poco añade a mi esencia. 

           De pequeña quería ser muchas cosas: peluquera, princesa, actriz, hada, pediatra, escritora; otra vez, princesa y actriz, con actriz repetí muchas veces, más tarde quise ser directora de cine, hasta que me decidí por estudiar lo que ahora soy. Luego la vida nos lleva por derroteros que ni sospechábamos, pues, no soy ni princesa, ni actriz, ni hada, ni pediatra, ni escritora, ni directora de cine, y ni siquiera peluquera. Del colegio lo que más me gusta recordar son las clases de literatura, en concreto, cuando hacíamos redacciones (ahora lo llamaríamos taller de textos). Guardo en mi memoria un entrañable recuerdo de dos profesores que fueron muy importantes en mi vida literaria, aprendí mucho con ellos y afianzaron mi gusto por la palabra, todo lo que  escribía les encantaba y siempre me animaban a continuar con esta actividad, "esta cualidad –decían– se desarrolla escribiendo". Dejé de escribir, sin embargo. ¿Por qué?, no lo sé: quizá las circunstancias, quizá la vida, quizá un carácter poco decidido, quizá la falta de un objetivo determinante. O, quizá, la mezcla de todo.
     
       Afortunadamente, la vida está surcada por innumerables caminos de innumerables direcciones y sentidos, y cuando creía que aquel camino estaba perdido –¡y casi olvidado!– lo retomo y recupero una vocación perdida. Comienzo a escribir, y a fisgonear en Internet. Llevaba unos cuantos años siguiendo por facebook un Certamen literario, Canal Literatura, y, después de mucho pensarlo, decidí presentarme. Bendigo el día que lo hice: cambió mi vida. Entablé relación con otros participantes, escritores maravillosos e inquietos, y juntos hemos iniciado una nueva aventura: un foro, este blog, un posible libro en común y quién sabe qué más...


       Que qué me gusta. Cómo soy una persona anónima, que vive y vivo una vida ordinaria, de las que no  salen ni en la tele, ni en el papel de colorín, y mucho menos se estudiará en los libros de historia, siempre lo he compensado soñando. Sí.
  
       Me gusta soñar: completo huecos, ausencias y negaciones.
       Me gusta el cine. Todas las artes están en él.
       Me gusta la música y no solo la clásica. Me gusta todo tipo de música, hasta la romanticona.
      Me gusta leer, me encanta. Siento que necesitaría otra vida para leer todo lo que me interesa. ¡Soy tan lenta!
       Me gusta pasear por la orilla del mar y sentir cómo su brisa despierta cada poro de mi piel.
       Me gusta la gente auténtica, la de verdad, aunque, a veces, duela.
       Me gusta comerme a besos los piececitos gorditos de los bebés. Delicioso.
       Me gusta gustar...
      Me gusta dormir envuelta en seda, delicioso, ¡cómo los piececitos de los bebés!. (En caso de crisis económica, se puede sustituir por una sedosa viscosa)
       ¡Ay!, por eso me gusta soñar, porque yo, como Cortázar, "no hago diferencia entre la realidad y lo fantástico. Para mí lo fantástico procede siempre de lo cotidiano".