“Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
Y el caballo en la montaña.”
Federico García Lorca; Romance sonámbulo.
ALIENTO
Un año más se acercan las fechas con su noche y su día, y me pilla, como me pilla siempre últimamente, sin ganas de nada. Por no verles la cara, no sé dónde me iría, cualquier sitio sería bueno, menos estar aquí, haciendo buena cara a cada impertinencia que oiga, aguantando sus sonrisas fingidas, ¡serán cínicos! Y ella, buena es la señora, para reina sería única, saludar y sonreír lo hace como nadie. Y no digamos de la otra; esa, una ordinaria, qué pintas que lleva siempre, ya veremos el modelito que me trae para Navidad, ostentoso y hortera, seguro. Mis hermanos que de santos nada —¡menudos!—, lo tienen bien merecido. Siempre se ha dicho: “Dios los cría y ellos se juntan”. Mi hermana, pobrecita, siempre fue guapa y de tan buena tonta, se casó con un sinvergüenza prepotente, que por no verle los aires me iría a Pernambuco. Tengo que estar aquí, sin embargo.
Estamos todos pensando en el menú, yo desganada, pero es tanta la ilusión de ellos, se reunirán con todos sus primos, algunos viven lejos y es la única oportunidad de estar todos juntos, juntos alrededor de unos abuelos que no sabemos cuánto más durarán a nuestro lado.
Cada vez que despotricaba del trabajo y de la poca gana que tenía de celebraciones, mis hijos me daban una llamada de atención.
—Mamá, ¡cállate!, si sigues así, serás peor que ellos, o al menos como ellos, y nos amargarás la oportunidad de disfrutar de la Navidad todos juntos.
¿Pavo o besugo? Lo decidimos a suerte y salió pavo. Para continuar con la tradición sacamos lo mejor del ajuar: los manteles de hilo de las grandes celebraciones, la vajilla de porcelana, la cristalería de Bohemia, la cubertería de plata. Todo localizado y puesto a punto. Ahora manos a la obra, comenzamos a preparar la comida. La cocina se puso que parecía azotada por un huracán, todos en casa ayudando y todos enloquecidos de un lado a otro. Unos, preparando el aperitivo; otros, es decir, yo, peleando con el horno y el pavo. “¡Nunca más!”, dije, pero ya se sabe que “nunca digas nunca jamás”. El tiempo corría más que nosotros, cuando nos dimos cuenta corrimos a ducharnos, perfumarnos y arreglarnos. Pero qué elegantes estaban, cómo habían crecido y qué guapos se habían hecho. Al pavo le quedaban diez minutos de horno; mientras esperábamos a los invitados acabaría de hacerse. Mi hija recordó que no había colocado las velas en la mesa. Lo hizo, y las rodeó de unas sencillas ramitas. Qué gusto tiene la niña, un detalle de nada y todo cambia.
Todo listo, el reloj del horno a punto de sonar, el aperitivo en la mesa; nosotros arreglados, la música navideña sonando de fondo. Solo faltaban ellos, los invitados: la familia —¡Ay!, la familia—.
¡Din,don! ¡Din, don! Son ellos, listos, mejor dicho: lista. Me recompongo y con la mejor de mis sonrisas los recibo.
Todo fueron abrazos y alegrías. Ya en la mesa nos pusimos a comer sin tregua, cuando oía alguna cosilla fuera de tono, miraba a mis hijos, a mis sobrinos y los veía a todos disfrutar, reír a carcajadas de pandereta, compartir sus vivencias y algún que otro secretillo que encendía sus ojillos picarones. Los mayores hacíamos lo que podíamos, pero poco a poco nos fuimos contagiando de la alegría de los más jóvenes y pequeños. Cómo en un pacto tácito decidimos guardar los desencuentros, desaires y agravios en el fondo de la zambomba. Seguían sonando los villancicos, las luces de las velas parecían no agotarse para no romper la magia, y seguir acompañándonos con su calidez. Me volví hacia El Belén, ahí estaban: la mula, el buey, San José y María; todos alrededor del niño Jesús, dándole su aliento, calentándole. Seguí contemplando la escena, y vi como me sonreían y de su ligera mueca de complicidad, entendí que su aliento también iba para todos nosotros; miré la mesa y a mi familia alrededor de ella, sentí un cálido soplo que erizó hasta mis entrañas, seguí llenándome de su felicidad y comprendí que, a pesar de todo, todavía había amor. Navidad que te quiero Navidad.