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lunes, 8 de diciembre de 2014

Brindis A La Puesta Del Sol




A la puesta del sol

Alzo mi copa al rubio sol de otoño
que hace arder las hojas de las vides.
El vino oscurece un cielo de sangre:

Por ti, por el misterio de tus ojos .
Por las preguntas que dejaste al irte
y el silencio fecundo de la ausencia.

Y porque el mosto, el tiempo y la madera
dulcifican los frutos de lo amargo,
brindo hoy por mí, la tierra y la cosecha.

sábado, 25 de enero de 2014

Crónica de una presentación anunciada




Por
EL PRINGAO DEL BARRIO
y
Signorina Pirandello


         Fue una humillación constante, un desapego, un sin vivir en mí, un ninguneo. Los presentes en espíritu, aunque no en cuerpo, en el evento murciano, nos habíamos citado un poco antes de las 19.30, hora peninsular española, para asistir juntos y recogidos a la tercera presentación de “Cuentos en tinta china”. Pero ¡Oh cielos! Todos tenían sus equipos informáticos preparados para hablar entre ellos mientras a mí no me iba el micro y por lo tanto quedé relegado a una oscura presencia a través de facebook, escribiendo sin que nadie me hiciera ningún caso. De vez en cuando, ese espíritu acogedor de talante coordinador que es la Signorina —gracias, de nada—, leía en voz alta alguna de mis pocas intervenciones, entre el batiburrillo de la conversación que mantenían todos a mis espaldas. También, más de vez en cuando, otro espíritu benévolo me leía, y lo decía en voz alta.
         Fue emocionante, agobiante, divertido. Nervios a flor de piel para que todo funcionase también aquí, en “nuestros aquíes”. Un intentar equilibrar la balanza entre no estorbar demasiado allí pero poder disfrutar, jalear y aplaudir también los que no pudimos tomar Murcia.

        —¡Tenemos una bonita vista del techo! —le gritaba a La Reina, para que colocase el telefonito bien.

       Y, allí, La Reina intentaba que el portátil se quedase abierto y grabando en un ángulo imposible. Porque el telefonito nuevo no funcionó. Ni su ordenador. El Love rezongaba sobre tecnologías obsoletas. Menos mal que llegó el hada Campanilla, sacó el iMac e hizo magia.

      Mientras, en nuestros aquíes múltiples, ubicuos y tecnológicos, al pringao no le funcionaba el micro, a Cronopio se le cortaba la transmisión, el Gato de Cheshire hacía un estriptís sin saber que tenía cámara transmitiendo y, en pleno jamacuco, Tornado Celeste buscaba el micrófono por debajo del ordenador, en vez de clicar el simbolito de silenciarlo en la pantalla, tal como le indicaba Sol. Y esta Signorina se peleaba con el feisbu, el escai, el teléfono, su propio micrófono saboteador recién comprado ad hoc, e intentaba ejercer de traductor simultáneo con nulo éxito.


            Poco a poco se fueron acercando a la cámara, desde allí, desde la Biblioteca Regional de Murcia, los participantes; no todos —rencoroso—, pero sí casi todos. Los reconocíamos, entre vítores, mintiendo: “qué linda, qué simpática y qué guapo” —que no, que lo de “mintiendo” es broma—.

            El sonido, aunque voluntarioso, llegaba fatal, con lo que tuvimos que adivinar lo bueno y nos evitamos lo malo. Bueno, malo, malo, no hubo nada, simples ojerizas que salen a relucir sin venir a cuento. Tú sabrás de qué hablas, yo, ni idea.


             Cuando alguien se acercaba a la cámara gritábamos, poseídos como fans de Bustamante. Cuando no, criticábamos. Constructivamente, of course. El sonido llegaba perfecto: claro e inteligible lo cercano al iMac (cómo mola esto del iMac), ruido el resto. Cuando hablaba el resto, criticábamos.
        
    Pero todos nos alegrábamos de lo que parecía y fue un éxito. A mí personalmente, me gustó mucho mostrar mi careto tras la linda carita de Carmen, me entusiasmó ver a Fini subirse a la mesa, y a Luismi con la bata blanca, ¿a quién se la habrá robado, mon cher ami? 

     

A mí me encantó creer que comparaban nuestro libro con la escritura neandertal, aluciné con la voz desconocida y cercana de Irene y con la sonrisa de Tenorio. Con el manejo de los silencios surrealistas del Dr. Kraus y, por supuesto, con la vindicación pirata de Fini.

  


 A nuestra Reina la teníamos en primer plano, mirándonos de vez en cuando y haciéndonos algún guiño para que nos sintiéramos allí —adoramus te, glorificamus te—.




 Love, al que me da vergüenza llamarlo Love (diminutivo de Lovecraft) —es fantástico, nuestro propio Love de pega—, estuvo muy en su papel —serio, nervioso y preocupado— y organizó el acto con mucha profesionalidad —claro, es Love— y haciéndonos sentir como parte del jolgorio.




        Carmen tuvo el detalle de preparar su intervención con una referencia histórica del arte o de la anécdota de escribir —¡Ah!¿sí? ¿Eso no fue Luisa?—, y María Luisa, en nombre de su página “Canal Literatura”, le dio prestancia y respaldo a la presentación de nuestra primera antología —pues eso, a la que comparó con la escritura neandertal, según entendí.

        
    Hasta aquí lo vivido por Internet. Nos quedamos sin el paseo por Murcia, sin las conversaciones, besos y abrazos con los concurrentes, sin el conejo con caracoles. Mira que eres quejica. A mí —y a mí— me falta por conocer a Love y familia, a Susana, que ha sido fichada por alguien como “apuntadora del Corral de la Farándula” a Fini y allegados —¡yo a Fini la conozco y es un hada!—, a Irene, Isu para mí, por la que tengo una devoción secreta —¿secreta?—, a la preciosa Carmen, a Ana, a la que por fin pude —¡¡¡pudimos!!!— verle la cara, tras soñar con sus ojos verdes. Y claro, además, a Cronopio —yo ya tengo el inmenso placer— y a Tornado —¿cuándo llegará el día?—, aunque tuve el placer de verlas en vivo y en directo a través de internet.

            Luego, las mil y una fotos que nos van llegando, nos dan el reportaje preciso de lo que fue, incluidas las artesanas galletas de Pilar. Te ha salido una competidora o colega, Sol.
            Sí, luego llegan las fotos, las llamadas, las charlas, las crónicas, los mensajes… y al final parece que hemos estado allí también. Y nos entran muchas ganas de empezar a preparar las siguientes presentaciones, para seguir mejorando, superando los fallos y garantizando las transmisiones para que la magia de estar todos juntos siga siendo posible.

jueves, 19 de diciembre de 2013

CUENTOS DE NAVIDAD



Bailando con papá

Ayer llegamos a la casa del pueblo, tras un viaje de cuatro horas en el doscaballos. Salimos de Madrid bien, como siempre, apretado el equipaje. Apretados mis hermanos y yo en el asiento de atrás, peleándose entre ellos, como siempre, uno a cada lado mío. Mamá, delante, cantando "Pobre mi caballo bayo, cómo lloraba cuando murió", como siempre, después de haber terminado el repertorio de villancicos. Yo, pensando en el frío que íbamos a pasar, como siempre. Y la niebla rodeándolo todo.
La casa estaba helada. Papá encendió la estufa de butano en el comedor, mamá los solthermic. La luz saltó. Mamá apagó el solthermic de su cuarto y papá arregló los plomos. Cenamos algo recalentado y nos mandaron arriba, a la cama. Me puse el pijama y me metí en la mía. Había muchas mantas, pero estaba fría y húmeda. Volví a ponerme el jersey y los calcetines. No iba a poder dormir de frío.
Cuando desperté, pensé: Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Saqué una mano de debajo de las mantas. Afuera estaba helado. Luego entro papá y dijo: mamá está malita. Ayuda a tus hermanos a vestirse y lavarse y luego desayunáis y os vais a comprar pan y leche. Encendí el solthermic del baño y se fue la luz. Papá arregló los plomos. El agua estaba helada, me lavé como un gato y me vestí.
Mi hermana estaba roja y con los ojos brillantes. Le hice levantarse y, cuando se fue al baño, me fui a despertar a mi hermano. Él estaba también rojo, pero no podía despertarle. Murmuraba cosas y temblaba.
—Creo que Luis también está malo, le grité a papá. Al mismo tiempo, se oyó un golpe en el baño. Ana se había caído y le salía sangre de la nariz. Papá me mandó a buscar al médico.
—¿Y el desayuno? —pregunté.
—Luego —contestó.
—¿Y compro ya el pan y la leche? —pregunté.
Papá se volvió, me miró con la cara que pone cuando no sabe si es que su hija es tonta y gritó:
—¡Luego! ¡Ve a buscar al médico!
Yo cogí el abrigo y fui a buscar al médico. Le dije que mamá y mis hermanos estaban malos y que viniera a casa.
—¿Qué tienen? —me preguntó.
—Mamá no lo sé. Luis está modorro y Ana se ha caído y le sale sangre por la nariz.
El médico se acabó un vasito de coñac, cogió su maletín y dijo:
—¡Vamos!
Los tres tenían gripe. Le dio a papá una receta y le dijo que el practicante les pinchase. Papá me mandó a comprar las inyecciones y a que avisara al practicante, que era el peluquero.
—¿Y el desayuno? —Me miró y salí corriendo otra vez. Fui a la farmacia y luego al peluquero, y le pedí que fuese pronto a pinchar a mi madre y mis hermanos. Le di las inyecciones y fui a la panadería y la lechería. Como no llevaba jarra, me prestaron una. Lo dejé todo a deber, porque tampoco llevaba dinero. En la calle, me eché un trago de leche y me comí el coscurro de la barra de pan mientras canturreaba: "Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad..."
Cuando volví ya se iba el practicante. Papá calentó leche y, mientras tanto, hizo tostadas. Yo le avisé de que la leche había que hervirla primero, pero me callé porque me miró con la misma cara otra vez. Me puso un tazón en la mesa, lleno de leche caliente, y una tostada, y el resto lo puso en una bandeja y subió a dárselo a mamá y a mis hermanos. Yo volví a echar mi leche al cueceleches y vigilé atentamente a que empezara a hervir. La leche subía por el tubo del centro espumeando y volvía a caer dentro del cueceleches. Así ya no se salía la leche, ni se pegaba a la cocina ni olía a leche quemada, ni se apagaba el butano y podíamos explotar. Mientras me comía la tostada con miel, esperé a que hirviera un poco, apagué el butano y cerré la llave. Subí a ver a mamá, pero papá me dijo que me quedase abajo o me contagiaría. Entonces pensé que papá había subido y, si se contagiaba, yo tendría que ocuparme de todo. La cocina estaba caliente porque papá había encendido la estufa de butano. Me gustaba mirar cómo de vez en cuando una llama más azul se extendía por la rejilla y provocaba un chisporroteo. Miré a ver qué había traído mamá para comer y qué había en la despensa. Cuando bajó papá con la bandeja, le dije que para comer había pollo guisado y que podía pelar patatas y partirlas y comer patatas fritas y pollo. Me miró con la cara del papá que me quiere y sabe que su hija es lista y dijo:
—Bien.
Como no teníamos mucho que hacer los dos solos, decidimos comer pronto. Aunque habíamos desayunado tan tarde por todo el jaleo, en realidad no era demasiado pronto para comer. Así que yo me puse a pelar patatas y papá me dijo:
—No te cortes, ¿eh?
Pelé las patatas y las partí con muchísimo cuidado. Si papá se había contagiado y yo me cortaba y moría desangrada, todos morirían. Tardé mucho por eso y porque no tenía nada de hambre, pero por fin acabé. Papá puso la sartén a fuego fuerte y el pollo también, a calentar en una cacerola. Yo fregué las cosas de la bandeja y la preparé para subirles la comida a los enfermos. Papá echó las patatas al aceite humeante. Todo saltó (él también, gracias a eso no se quemó) y la cocina se puso toda perdida de aceite. Lo recogí con la fregona. El pollo empezó a quedarse sin jugo y a oler a socarrado, así que apagué el fuego. Por arriba debía estar frío todavía. Papá sacó las patatas del aceite, partió el pollo en trozos e hizo dos viajes para subir la comida a los enfermos.
Volvió a bajar y me guiñó un ojo:
—Desastre total. El pollo no es pollo, es el pavo que había que cenar esta noche. Había que haberlo calentado en el horno.
"Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad", pensé yo.
—Además, dicen que no tienen hambre.
—Yo tampoco, la verdad —contesté.
Aún así, mordisqueamos las patatas fritas, que estaban crudas por dentro. Luego yo recogí todo, puse el pavo en la bandeja del horno y fregué los cacharros sucios. El suelo, como ya le había pasado la fregona húmeda al recoger el aceite, no lo volví a fregar. Estaba brillante y resbaladizo, como los suelos de los palacios. Papá se llevó la estufa de butano al comedor y sacó el tablero de ajedrez. Yo, rápidamente, cogí mi libro de Los siete secretos. Odiaba que papá quisiera jugar al ajedrez conmigo. Yo había entendido bien los movimientos de las fichas, pero me aburría mucho pensar las jugadas que se harían después según qué ficha moviera.
La luz se fue yendo poco a poco. Empezaba a costarme leer cuando me acordé de que no había puesto el belén. Busqué las cajas, extendí las arpilleras y las montañas de corcho, coloqué el portal y el río, y los árboles y el musgo. Cuando estaba echando la harina, se oyó un grito fortísimo desde el cuarto donde estaban Ana y Luis. Ana estaba sentada en la cama, como si viese fantasmas. Luis la miraba entre los párpados medio cerrados. Mamá apareció tambaleándose, en camisón y zapatillas. Papá la mandó a la cama e intentó calmar a Ana, que señalaba a la pared y decía cosas ininteligibles. Papá me mandó llamar otra vez al médico. Cuando volví con él, nos enseñó a poner paños de agua fría en la frente de los enfermos para bajarles la fiebre. Nos dio también unas pastillas para que se tomasen después de cenar. El practicante volvería por la mañana a ponerles más inyecciones.
Al poco de irse y a pesar de los paños, deliraban los tres. Nos turnamos para atenderlos a todos. A la hora de la cena, papá encendió el horno. Saltó la luz. Papá apagó un solthermic, arregló los plomos y puso el pavo a calentar. Yo puse mesa para dos y preparé las bandejas. Primero les dimos la cena y su pastilla a los enfermos. La pastilla hizo efecto enseguida, les bajó la fiebre y se quedaron dormidos. Luego cenamos papá y yo un poco de pavo reseco y turrón. Yo canté:
—Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, saca la bota María que me voy a emborrachar.
Papá me cogió en brazos y bailó conmigo mientras cantábamos todo el villancico. En el belén no había personajes, era un paisaje vacío. Luego me subió al dormitorio, me ayudó con el pijama y me arropó y me dio un beso. Yo canturreé, bajito, el villancico hasta que me quedé dormida.